Antología Poética – Oliverio Girondo

Oliverio Girondo (1891-1967) Destacado poeta argentino, fue una figura central de la renovación literaria de los años veinte y treinta, uno de los jóvenes miembros de la vanguardia poética argentina, junto a Jorge Luis Borges y Raúl González Tuñón. Participó en las revistas que señalaron la llegada del ultraísmo. Girondo ejerció influencia sobre poetas de las generaciones posteriores. Sus primeros poemas, llenos de color e ironía constituyen una exaltación del cosmopolitismo y de la nueva vida urbana, siendo también una crítica a las costumbres. En 1922 publica en una tirada limitada impresa en Francia, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, que incluye ilustraciones realizadas por él mismo. Posteriormente publicó Plenilunio (1937), Persuasión de los días (1942) y Campo nuestro (1946)  y su última obra, En la masmédula (1954).

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Espantapájaros
(Al alcance de todos)
1932

No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

 Esta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.

     ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué  me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
  ¡María Luisa era una verdadera pluma!

     Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba de comedor a  la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…

     ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.       “¡María Luisa! !María Luisa!”… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

    Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

    ¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes… la de pasarse las noches de un solo vuelo!

     Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

     Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Poema incluido en
Veinte poemas para ser leídos en el tranvía

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